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Exceso, defecto y término medio


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En toda acción puede haber exceso, defecto y término medio, al menos respecto al que actúa. Sucede en la gimnasia, en la medicina, en la arquitectura, en la navegación y en cualquier tipo de conducta. Por consiguiente, la virtud ética se refiere a determinados términos medios, entre los que figuran los siguientes ejemplos:

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Irascible es lo contrario de indolente: aquél se irrita más de lo que debe, y éste apenas reacciona. Temerario es el que no teme lo que se debe temer, y cobarde es el que teme lo que no debe, cuando no debe y como no debe. Intemperante es el que, respecto a sus deseos orgánicos, cae en todos los excesos posibles. Fanfarrón es el que dice tener más de lo que posee, y disimulador, el que se atribuye menos. Es adulador el que alaba más de lo debido, y desabrido, el que alaba menos. El que se excede en satisfacer al prójimo es obsequioso, y el que apenas lo hace es antipático. Vanidoso es el que se cree más de lo que es; pusilánime, el que se cree menos. El que no soporta ningún dolor es blandengue; el que lo soporta todo es sufrido. Pródigo es el que se excede en todo gasto; tacaño, el que en todo se queda corto.

En general, toda conducta ética, elogiable o censurable, es un exceso o un defecto o un término medio respecto a una pasión.

Entiendo por pasiones los afectos o tendencias que van acompañados de placer o dolor. Por ejemplo: la ira, el miedo, la envidia, la alegría, el amor, el odio, los deseos, los celos, la compasión..

Los placeres y los dolores influyen mucho en los hábitos, pues somos capaces de hacer cosas malas si son placenteras, y nos apartamos del bien cuando nos causa dolor. De ahí la necesidad de haber sido educados desde jóvenes -como recomienda Platón- para distinguir qué placeres y dolores conviene aceptar o recha-zar. En realidad, esa es la auténtica educación.

Como ya hemos dicho, para apartarnos de los extremos debemos estar en guardia frente a lo agradable y placentero, porque no lo juzgamos con imparcialidad. Respecto al placer hemos de sentir lo que sintieron los ancianos troyanos respecto a Helena: Se parece a las diosas, mas por bella que sea debe volver a Grecia, y no quedarse para ruina nuestra y de nuestros hijos.

La virtud tiene que ver con acciones y pasiones, en las cuales el exceso y el defecto se equivocan, y el término medio acierta. Entre comer demasiado y apenas comer hay un término medio, pero no el mismo para todos sino relativo a cada persona: un deportista no debe comer lo mismo que un recién nacido. Por tanto, cada uno tiene su propio término medio. Por eso se ha dicho que “hay una manera de ser bueno, y muchas de ser malo”.

La virtud es, según vemos, un hábito selectivo que consiste en un término medio relativo a nosotros, determinado por la razón prudente. Término medio no significa en este caso mediocridad, sino lo contrario: excelencia y superioridad sobre dos vicios extremos.

No todas las acciones y pasiones admiten el término medio, pues hay algunas malas de por sí. Por ejemplo, pasiones como el odio o la envidia, y acciones como el adulterio, el robo o el homicidio. Todas ellas son malas en sí mismas, precisamente porque son excesos o defectos, y por ello son siempre equivocadas y nunca buenas.

Hallar el término medio no es fácil. Por eso tampoco es fácil ser bueno. En cambio, irritarse está al alcance de cualquiera, y también gastar dinero, pero gastarlo cuando se debe y donde se debe ya no está al alcance de todos ni es cosa fácil. Por eso el bien es raro, laudable y hermoso. Y el que se propone encontrar el término medio debe en primer lugar apartarse de los extremos contrarios, como aconseja la ninfa Calipso a Ulises: De este vapor y de esta espuma mantén alejada la nave.

Respecto a la ira, por ejemplo, es virtuoso el que se irrita cuando debe, con quien debe y como debe. Pues el que parece incapaz de irritarse es tenido por necio. Sin embargo, no es nada fácil determinar cómo, con quiénes, por qué motivos y por cuánto tiempo debemos irritarnos, ni hasta dónde es razonable hacerlo. Por eso a veces alabamos lo mismo a los que se quedan cortos y a los que se exceden, y los llamamos benignos o duros respectivamente. Lo que está claro es que la posición intermedia es la mejor, y que los excesos y defectos son reprensibles.

 

LA VIRTUD: La Ética de Aristóteles Capítulo 2

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