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La búsqueda de la identidad personal


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El yo es el centro de la persona y es por eso también el lugar radical de la identidad, de mi identidad. La identidad es lo que soy en concreto, como persona específica y única. Todos los hombres y mujeres  tenemos las mismas características esenciales pero, al mismo tiempo, todos somos distintos y esa especificidad es lo que constituye nuestra identidad. Somos únicos por nuestro carácter, por nuestras cualidades, por nuestros objetivos, por nuestros sueños, por la capacidad o incapacidad de relación, por nuestra sensibilidad, por nuestra edad, por nuestro sexo o por nuestra inteligencia. Cada persona es un mundo único, insondable y maravilloso, forjado segundo a segundo, a lo largo de años, de décadas y, al final, de toda una vida.

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Al principio, la diferenciación entre las personas es escasa y, de hecho, es fácil comprobar que todos los niños pequeños se parecen; entre los jóvenes también hay muchas similitudes de carácter pero luego las personas se hacen cada vez más distintas y sus mundos interiores, más fuertes y peculiares. La identidad personal es, por eso, una realidad y un proceso, algo dado y algo por conseguir, un punto de llegada y un objetivo siempre en el horizonte. Por el hecho de ser persona tengo siempre una identidad, lo que soy ahora, en este momento, y que es el resultado de mi vida pasada. Pero como soy un ser temporal, distendido en el tiempo, futurizo, como diría Julián Marías, mi identidad es siempre cambiante porque el tiempo no se detiene y pone frente a mí nuevos obstáculos y nuevas situaciones.

Hay momentos en la vida en los que nuestra identidad se encuentra firme y estabilizada. Sabemos quiénes somos, cómo somos y lo que queremos. Son, generalmente tiempos de bonanza interior, de serenidad: los años de la madurez, algunos años de la infancia o una vejez asumida. Y hay otras épocas, por el contrario, en los que la identidad se encuentra cuestionada, en crisis: no sabemos lo que somos o no sabemos lo que queremos ser. La persona se enfrenta con cambios radicales que la dejan desconcertada y perpleja y la obligan a tomar decisiones importantes. Un momento clave es la adolescencia pero hay también otras épocas de la vida en las que la identidad es particularmente cuestionada o sufre cambios profundos. El momento inicial, la infancia, como han mostrado, entre otros, Freud, Erikson y Piaget, es particularmente importante porque en esos años se forma la identidad básica de la persona que luego será difícil cambiar. Pero también hay modificaciones muy relevantes en fases posteriores. El período en torno a los 40 años es particularmente significativo porque supone el cambio de pendiente en el horizonte de la existencia. El final de la vida ya se ve, de manera lejana pero real: por eso lleva consigo un profundo examen y valoración de todo lo hecho anteriormente y también impregna de una particular trascendencia a las decisiones que se adopten porque ya no se podrán revocar como en la juventud. Y algo similar ocurre con el período último, que tan brillantemente ha tratado Guardini. La vejez no es simplemente el cambio de vertiente de la vida; la vejez significa el fin y por eso afecta de manera radical a la identidad del sujeto, reforzándola si se ve como la consumación de la vida o, por el contrario quebrándola y fragmentándola si no se acepta el final.

Burgos J.M. (2005), Antropología: una guía para la existencia, Madrid, España: Palabra

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