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La alegría de servir


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Hoy quisiera reflexionar sobre una de esas realidades que hace más hermosa la vida cotidiana.

¡Cuántas veces hemos experimentado una alegría profunda al hacer un favor, al acercarnos con una sonrisa a una persona triste, al ofrecer un hombro a un amigo que llora, al atender a una persona enferma, al ayudar con nuestro consejo a alguien que sufre, al regalar nuestro tiempo a quien no lo tiene o nuestra presencia a quien la necesita! Recordemos un poco. ¿Qué hemos sentido en esos momentos? ¿Qué sensación se expandió e inundó nuestro corazón? ¿No fue acaso esa cálida y armoniosa emoción que llamamos alegría? ¿Y qué relación misteriosa se entabló con la persona que ayudamos, por más que haya sido un desconocido? ¿Qué fibras profundas del espíritu se despertaron y comenzaron a brillar en nuestro interior y en los ojos del otro?

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Y es que cuando servimos ponemos parte de nuestra vida a disposición del otro y eso, por la misteriosa y hermosa naturaleza de la que estamos hechos, nos hace felices. Quien sirve mira al otro. Es el primer paso. No hay servicio sin atención, reverencia y apertura al otro. Y solo eso ya humaniza y alegra una enormidad. Ver al otro significa abrirse a su misterio, a su realidad en el aquí y ahora. Ver al otro significa estar atento a su mirada y dejarse tocar por ella y por la vida que está por detrás. Y luego de mirar al otro nos ponemos a su disposición y buscamos sacar del baúl de nuestro tesoro la joya que más le ayude. Por eso servir es poner una vida en contacto con otra, un tesoro en armonía con otro. Servir es el encuentro entre dos misterios que se abren uno para ayudar y el otro para ser ayudado. Y como fruto de ese encuentro ambos misterios quedan enriquecidos: el que se acercó a ayudar es ayudado y el que se dejó ayudar, ayuda.

¡Y cómo no alegrarnos profundamente al ver el bien que realizamos en el otro, por muy pequeño que parezca o que sea! ¡Cómo no alegrarse ante el bien! ¡Cómo no dejar que nuestro interior salte y baile de alegría al ver el bien en el otro! Creo que la experiencia de haber ayudado a otra persona es una de las experiencias más reconfortantes de la vida. Es una de esas experiencias que nos hacen decir: es hermoso vivir, la vida vale la pena.

¿Qué tal si lo hiciéramos más? ¿Qué tal si lo practicásemos a diario? Y… muy importante: ¿Qué tal si al hacerlo dejásemos que la alegría de servir inunde nuestro interior? Servir al otro, dejarse servir y nutrirse del manantial de alegría que de ello brota. ¡Qué hermoso programa de vida!

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